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LA PARTIDA INMORTAL


Cuando a los sesenta años me retiré de una reconocida empresa fabricante de productos farmacéuticos, logré una buena pensión que me permitió establecer una modesta hostería, en la que podía albergar a un máximo de veinte huéspedes, dos en cada una de las diez habitaciones disponibles. Ese plan lo tenía pensado hacía mucho tiempo, porque consideraba que era un buen negocio que no me exigiría demasiado trabajo, ni la necesidad de tener que lidiar con muchos empleados. Con una camarera, dos personas para la recepción (una para cada turno, pues no creía necesario tener un turno nocturno) una cocinera y un mesero por unas tres horas en las mañanas me bastaría, y yo, como hostelero, me haría cargo de la administración, las compras de alimentos para el comedor, en el que ofrecía únicamente el desayuno, y de todas las adquisiciones para mantener el pequeño establecimiento bien surtido de los productos básicos para los baños y dormitorios. En cuanto al servicio de mantenimiento, no me tenía que preocupar demasiado, porque gracias a su excelente ubicación en un sitio sumamente céntrico de la ciudad, sobraban todo tipo de proveedores de servicios, desde fontaneros hasta electricistas, cerrajeros, carpinteros, herreros, etcétera, a una distancia a pie.


Para ser sincero, ese negocio lo soñé, exactamente así, a partir de que me divorcié de mi exmujer, cuando apenas tenía yo cuarenta años, la mitad de los cuales había pasado bajo la tortura de un matrimonio infernal, por lo que tan pronto como me liberé, decidí no volver a casarme. Nunca supe si ella, o yo, o los dos, éramos estériles, pero la verdad es que no pudimos tener hijos, y como jamás supe de ella desde que nos separamos, no me enteré si pudo procrear familia con otro hombre o si siquiera se volvió a casar o a emparejar. En lo que a mí concierne, pues no sé si por allí embaracé a alguna mujer en uno de esos deslices de la vida que nunca faltan, pero confieso que desconozco que eso haya ocurrido. Toda esta confidencia viene a colación para revelarles que este negocio significaba para mí, al mismo tiempo, una manera de asegurarme compañía, porque me quedaban muy pocos y distantes parientes y, siendo tan tímido como soy, casi nunca tuve amigos, así que tenía que arreglármelas para no pasar el resto de mis días sumergido en la soledad. Con la excepción de la natación, no fui muy deportista, ni aficionado al cine, al teatro, espectáculos o conciertos. Tampoco fui muy amante de frecuentar parques ni gimnasios, porque me sentía aún más solo en medio de la muchedumbre.


Toda mi vida la había entregado a mi trabajo, donde me compensaron con una gerencia en la que me destaqué como buen jefe durante los últimos veinte años de mi vida de empleado. Antes, también había tenido algunos puestos de responsabilidad, pues en total trabajé en esa empresa treinta largos años. A lo largo de mi vida tuve sólo dos aficiones: el ajedrez y la natación. Esta ultima disciplina la practiqué desde niño; aunque no competí, siempre pertenecí a un club privado, no muy exclusivo pero digamos decente, al que acudía religiosamente todos los días. No obstante, durante mi vida de casado fui espaciando mis visitas al club, hasta que acabé por ir sólo una vez por semana, generalmente los domingos. Eso sí, puedo asegurar que desde que frecuento el club, no hay una sola semana en que haya faltado a la práctica de mi deporte favorito. Cierto, en el club me hice de muchos conocidos, con quienes de vez en cuando entablaba alguna que otra conversación, pero nunca llegué a construir una amistad propiamente dicha y menos aun con alguna mujer, fuera de alguna aventurilla.


No es que me haya vuelto misógino a raíz de mi divorcio, pero prefiero tener a mis congéneres del sexo opuesto a una prudente distancia. En honor a la verdad, tengo pánico de volverme a enamorar, quizá eso explique mi poco empeño por mejorar mi apariencia física y no me refiero ahora, que ya cumplí los setenta, sino desde hace treinta años, es decir, desde que estoy divorciado: me limito a mantenerme aseado, pero mi ropa es anticuada y poco variada, siempre un pantalón gris de lana, si acaso negro, y una camisa blanca; cuando mucho, me llego a poner una camisa tipo polo, pero siempre blanca. ¿Por qué blanca? No tengo ni la más remota idea. Mi cabello rizado corto, porque, eso sí, no me gusta que me crezca demasiado el pelo. Tan feo no soy, pero he engordado deliberadamente y de ochenta kilos, que es mi peso normal, he subido a noventa y cinco, de modo que excedido, estoy.


Desde que me divorcié, como decía, alguna que otra aventurilla pasajera tuve con mujeres que conocí por casualidad en el club o en el supermercado (casi siempre preguntándoles sobre la ubicación de algún producto de limpieza), pero no pasaron a mayores y tuve la dicha de deshacerme de ellas rápidamente. Ahora, a mis setenta, la verdad es que estoy como asexuado, no me deleita ni siquiera ver a las mujeres más curvilíneas, y como nunca me dio por el homosexualismo, gracias a Dios, nunca me llamaron la atención los hombres, y mucho menos a estas alturas de mi vida. De manera que practico el celibato desde hace mucho tiempo.


En cuanto al ajedrez, debo decir que soy un aficionado de regular fuerza. Empecé a jugar ya adulto, competí sin mucho éxito en algunos torneos de mediano nivel, pero leí muchos libros sobre aperturas, táctica, estrategia y finales. Me ha apasionado siempre la vida de los campeones mundiales y tenía en el pequeño librero de mi recámara no menos de veinte libros sobre ese juego apasionante. Sólo me faltaba uno, que recopilaba las más brillantes partidas de grandes maestros del siglo 19 a nuestros días, desde Staunton a Kasparov; nunca lo presté, pero el asunto es que lo tenía extraviado. El resto de mi modesta biblioteca, se compone de novelas de Stephen King, Shirley Jackson, Agatha Christie, Philip Roth, Hemingway, Carpentier, Flaubert y Volpi, y de ciencia ficción Isaac Asimov, Bradbury y H.G.Wells, y una sola obra de Shakespeare, Macbeth, que por cierto me impresionó sobremanera por la sangría en que termina. Mi discoteca siempre fue muy limitada, no pasa de algunos discos de boleros, rancheros, tangos, valses peruanos y alguno que otro disco de las grandes bandas de jazz. Reconozco mi ignorancia musical. Desde que puse mi negoció decidí colocar un librero con mis novelas y mis discos en la sala, para que los huéspedes pudieran hacer uso de ellos.


Durante los diez años que llevo con mi negocio, tuve oportunidad de jugar ajedrez con algunos de los huéspedes en varias ocasiones. Ese ha sido mi principal pasatiempo, más allá de mis obligaciones con la hostería, que no niego me mantienen ocupado todo el día porque, gracias a Dios, el nivel de ocupación hotelera está cuando menos al 75%. Lo bueno es que vivo en la misma hostería, de modo que no tengo que sufrir la tortura del traslado en medio de ese tráfico infame que enloquece a millones de víctimas todos los días; pero bueno, ya basta de hablar tanto de mí, que hasta a mí mismo me está aburriendo, ¡ya me imagino al pobre del lector! Así que voy al grano.


Sucede que hace como dos años que no juego con ninguno de mis huéspedes porque no parecen estar interesados en el juego ciencia. Sin embargo algo extraño empezó a suceder con el ajedrez de la sala. Intacto, salvo la sacudida de polvo que cada dos días le hace la camarera, quien tiene órdenes estrictas de dejar las piezas tal como las encuentra, se ha mantenido por mucho tiempo con las piezas alineadas disciplinadamente en la posición inicial, como debe ser, porque, insisto, ni yo ni nadie ha jugado durante los últimos dos años.





Cuatro de las recámaras se han mantenido permanentemente ocupadas durante ese mismo periodo por huéspedes a quienes la ubicación del local, el buen servicio -modestia aparte- y precio módico con tarifas especiales para quienes alquilan por mes, les ha resultado conveniente, y no tienen para cuando mudarse. Tres de esas cuatro habitaciones están ocupadas por hombres solos y la otra por una pareja. Los cinco inquilinos fluctúan entre los 35 y 45 años de edad. Poco he tenido que ver con ellos, porque todo el día están fuera y durante la noche están encerrados en sus cuartos a piedra y lodo. Sólo puedo decirles que se ven muy decentes, puntuales en sus pagos, nunca reclaman, es más, ni ruido hacen, y no se meten unos con otros. Saludan cortésmente, parecen todos cortados por la misma tijera: muy parcos y poco afectos a hacer el mínimo comentario o siquiera a solicitar algún servicio especial y ¡vaya que he tenido clientes insoportables!


Así que últimamente no ha habido motivo para preocuparme con las quejas de los clientes, salvo que ciertamente me he sentido menos acompañado; pero volvamos al ajedrez. Resulta que una mañana al pasar a la sala para abrir las cortinas, como lo hago todos los días, me percaté de que alguien había desplazado el peón blanco del rey a la casilla cuatro rey, es decir ¡alguien había iniciado un juego! Pero sólo se había hecho una jugada, que es, por cierto, la más común y popular en el ajedrez. Me quedé intrigado y, más por deseos que por cualquier otra cosa, me imaginé que alguno de los huéspedes estaba haciéndome una invitación a jugar. Sobre todo sospeche de uno de ellos que es muy distraído, como suelen ser los ajedrecistas; del otro inquilino, que está más sordo que una tapia, francamente no pensé que podría venir la invitación, aunque, la verdad, la sordera no tiene por qué reñir con el ajedrez; de la pareja podía sospechar aun menos, porque se me hacía que eran inseparables, aunque viéndolo bien eso no me constaba, pues salían a horas distintas y siempre llegaban en momentos diferentes de la noche, generalmente la mujer llegaba más tarde que el marido; y, finalmente, el quinto inquilino casi nunca estaba, muchas veces ni siquiera llegaba a dormir, así que ese para mí estaba totalmente descartado.


Decidí dejar las piezas como estaban y le reiteré la orden a la camarera de que dejara las piezas tal y como las encontrara. Esperé en vano durante todo el día que alguno de los huéspedes me comentara algo o siquiera se acercara al tablero de ajedrez. Mi sorpresa fue aún mayor cuando, a la mañana siguiente, el peón negro había respondido a la jugada del blanco de igual manera, es decir, se había desplazado a la casilla cuatro rey del bando negro. Me quedaba claro: no se trataba de una invitación a jugar, alguien estaba jugando solo, moviendo una pieza por bando cada noche, ¿por cuánto tiempo continuaría jugando? ¿Cuál de los huéspedes hacía eso? ¿A qué hora lo hacía? O ¿era acaso un fantasma? Decidí dejar las piezas así, intrigado, asustado, curioso por saber si ese juego continuaba o si sólo había sido una broma de alguien que se había limitado a hacer la única jugada de las blancas y de las negras, y que había decidido que todo terminara allí. Al día siguiente, me percaté que el blanco había hecho su segunda jugada, de manera que para mi asombro el juego continuaba, ¡qué extraño! me dije en mis adentros. La segunda jugada de las blancas era la jugada típica de la apertura conocida como gambito de rey. Pasó el tiempo y, tras treinta y cinco días, me di cuenta de que quien quiera que hubiese sido el maniático nocturno que hacía una jugada cada noche, me estaba deleitando con una partida fascinante. Después de cuarenta y dos días, pude identificar la posición de la maravillosa partida de Andersen jugada en Londres en el año 1851, conocida con el nombre de La Inmortal, justamente por su inigualable belleza.



Pude identificar esa partida tras el movimiento veintiuno de las piezas negras, no sólo porque esa partida solía conocerla muy bien, tanto que hacía algunos años me la sabía de memoria, sino porque una de la pocas películas que había visto recientemente era la de Blade Runner, con Harrison Ford y dirigida por Ridley Scott, una sátira futurista que me interesó precisamente porque esa misma posición originada después de la jugada veintiuno de las negras, se muestra en la película que había yo visto escasas dos semanas atrás. Tres días más tarde lo pude confirmar, al ver el brillante jaque mate con el que Andersen remataba la genial partida, reproducida en el tablero de ajedrez de mi sala. Una obra artística del ajedrez romántico del modesto profesor de matemáticas alemán que durante muchos años se consideró el campeón mundial sin corona. Esta joya ajedrecística era para mí, además, una muestra palmaria de que vale mucho más la creatividad artística que los bienes materiales, pues Herr Andersen había sacrificado sus dos torres además de un alfil y había culminado el extraordinario juego con el brillante sacrificio de su dama antes de matar al rey negro. Era claro que el jugador nocturno o se sabía de memoria La Inmortal o había reproducido el juego sacado de algún libro de ajedrez. Durante todo el día, continué intrigado por saber qué pasaría después ¿continuaría el aficionado con alguna otra partida? ¿Acomodaría las piezas en su ordenamiento inicial para ya no moverlas más? ¿Dejaría las piezas en la posición final de La Inmortal? ¿Me enteraría por fin quién de los cinco huéspedes era el que asía las piezas de mi ajedrez con la mano todas las noches? ¿Era una mano mágica, espectral? ¿Un ánima empedernida y viciosa del ajedrez?


Esa noche mi mente le dio vueltas a todas esa preguntas, pero pude conciliar el sueño, la llamada muerte pequeña me abrazó como todas las noches hasta que abrí los ojos a la seis de la mañana, como de costumbre. Lleno de curiosidad, me vestí de prisa y me trasladé a la sala para ver el siguiente capítulo de mi extraña novela doméstica. Casi me desmayé del susto al ver degollada en la sala a la inquilina que había vivido los dos últimos años en uno de los cuartos. La infortunada mujer descansaba sobre el tablero de ajedrez con las piezas manchadas con su sangre, pero aún dispuestas en la posición del mate de la partida de Andersen. La cabeza de la mujer yacía boca abajo en el piso junto con el libro que pensé perdido, abierto de par en par justo en la página donde se reproducía la famosa partida del maestro alemán. Envuelto en el espanto, corrí hacía la recámara de la pareja en busca del marido. La puerta estaba entreabierta, entré horrorizado y encontré al hombre muerto sobre su cama y un frasco de pastillas vacío, fabricado por la empresa en la que trabajé durante treinta años. Todo había sucedido en silencio porque la mujer había bebido un vaso de leche envenenada que estaba sobre el buró, antes de que el marido la decapitara. En el piso de la recámara había una nota póstuma que decía: “Si Andersen sacrificó a su dama para con ello lograr que su partida fuese inmortal, yo he sacrificado a la mía para demostrar que no somos inmortales. Me enveneno yo también porque si bien la odié en vida por sus infidelidades, no puedo vivir sin ella.”


Enmudecí, no pude gritar, con la mirada perdida divagué por la casa en silencio, aterrado, cabizbajo, pensando en que yo mismo había contribuido con mis productos químicos, con mi libro y con mi ajedrez a que se produjera tan horrendo crimen, que mi hostería quedaría marcada para siempre como el lugar de la tragedia y que la paz y tranquilidad por la que tanto había soñado durante toda mi vida, yacía sepultada. Mal vendí el negocio y me di a la perdición.


Categoría: De la vida real

Autor de texto: Alfonso Silva




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